Su música suena ahora en anuncios de Chanel, curioso como la cenicienta del sureño folk intimista más precario se ha convertido ahora en princesita de la música vintage. Acompañada ahora con una banda de verdad, sus directos solían ser tristes ejercicios de masoquismo en los que vomitaba su frustración como cantautora con nula habilidad guitarrera. A partir de la publicación de The Greatest (2006) parece que el cielo se ha disipado, ella se ha alejado  de la deliciosa depresión de días nublados de sus primeros (y maravillosos) discos y Chan Marshall-que así se llama en la vida real- parece haberse instalado en una buena racha en la que crítica y público le acompañan. Algunos acérrimos prefieren su etapa más triste, pero dejemos su sádico encasillamiento para otro día. Cat Power es buena con sonrisas o con lágrimas.

Luis Morganti


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